
Aunque tiene vagos recuerdos de su vida, posee la convincente certeza de que está muerto. Inseguro de que su brazo sea su brazo o de que los rasgos deformados que esconde su cara pertenezcan a su biografía.
Nada era suyo, su aspecto le recordaba —cuando se miraba en los aljibes del huerto— al lacrimógeno personaje de una serie de televisión sobre una casa en la pradera, mezclado brutalmente por la batidora del destino, con una falsificación oriental de La Cosa del Pantano.

No termina de acostumbrarse, de consumirse en el caldero hirviente de su cuerpo, entre tantos pimientos en descomposición, tallos y raíces en vez de venas y dedos, soportando kilos y litros de pesticidas ineficaces que son devorados por millones de bichitos minúsculos, que muerden, roen, absorben, desgastan las imágenes enredadas entre las hojas y el estiércol, sin duda pertenecen a la epidemia imparable de su conciencia.
¿Qué sentido tiene que en mi deforme cuerpo se escondan fotografías de niños jugando en el campo, corriendo alegres por las colinas mientras que la madre suspira al ver llegar a su amado esposo, sentado, altivo, conduciendo la carreta repleta de víveres? se pregunta no sin leve melancolía Juanito Hortikestein.
Algo salió mal, algo falló en el experimento, él reconoce que todo no fue un sueño —como le recordaba su añorado Kavafis— pero está convencido de que la clave a sus misterios, de sus sufrimientos y por supuesto de su condena se esconden tras las palabras que tiene clavadas en su piel.
Intenta recordar. Coge una pimiento cual calavera de Yorik y lo dirige a las estrellas que cuelgan de la noche de poniente, ahora la cuestión no es ser o no ser, sino ¿qué hizo o no hizo?
Un desmayo y su cuerpo de hortaliza mutante se fundió con la tierra fertilizada, y le llegaron respuesta, y le vinieron recuerdos...