
nada 11300
Capítulo 1

1.1
Se desplazó varios kilómetros a lo largo de la costa, por el llamado camino de Sobrevela, hasta llegar a las cercanías de la Torre Nueva. Allí aparcó su coche y tuvo que caminar un trecho por la pesada arena de la playa para acceder a su punto habitual de pesca, un lugar solitario al que nadie acudía los días laborables. Él lo hacía al menos dos veces a la semana. Se levantaba temprano, ponía la cafetera italiana sobre el fuego, con los pelos revueltos y los ojos llenos de legañas, rascándose los huevos compulsivamente y dándose golpes con el puño en el casco de acero implantado en el lado occipital de su cráneo, como si quisiera hacerlo encajar en la posición idónea, como si de tantas vueltas como da en la cama mientras duerme, la placa se le desplazara, aunque sólo fueran décimas de milímetro. No paraba de golpearse hasta que sentía el leve desplazamiento, hasta que los bordes metálicos se unían al hueso, entonces deslizaba sus dedos sobre el cuero cabelludo y se aseguraba que el trayecto de las yemas no encontraba escalón alguno. Tomaba una taza de café y el resto lo vertía en el termo que dejaba preparado para la mañana de pesca, recogía los aperos pertinentes y se lanzaba a la calle sin dedicar ni un segundo a su aseo personal. Camuflaba estos detalles enfundándose en un impermeable azul oscuro con el escudo de Malboro a la altura del corazón, encapuchaba su despeinada cabeza y se adentraba con dificultad antropométrica en el reducido espacio del asiento del conductor. Esta mañana era fría y lluviosa, un chirimiri casi imperceptible hacía predominar un verde color grisáceo que resbalaba sobre las paredes. La ciudad no se reponía a esta enfermedad crónica del tiempo que desde hacía años se había instalado en la comarca. La meteorología había decidido mantenerse fija en estos parámetros y desde hacía más de una década la lluvia y las nubes, la ausencia de sol, se habían adueñado de la atmósfera cotidiana. Ese color gris permanente se encendía como ascuas bajo la ceniza en los amaneceres, cuando el sol surgía de las aguas por levante, y en la parte opuesta de la ciudad el atardecer se presentaba como un bombardeo intenso, un apocalipsis diario. El coche se resistía a arrancar, cada día que lo utilizaba se reprochaba no haber ido a comprar el anticongelante que precisaba, no lo hacía hasta el cuarto o quinto intento si es que no lo ahogaba, de cualquier manera no podía evitar aporrear el volante y maldecir profusamente todos los antiguos lugares sagrados que le acudían a la mente alterada. En cuanto el motor se ponía en marcha rebuscaba entre los cedés piratas revueltos que se encontraban en el asiento del copiloto, fuera de sus fundas, y ponía música, se encendía un cigarrillo, bajaba su ventanilla y emprendía su camino.
© Miguel Guerrero