Cabecera: Todo importa un pimiento
en la vida de Juanito Hortikenstein resplandece la norma de "...cualquier esfuerzo es un crimen porque todo gesto es un sueño inerte" y no obstante tiene el atrevimiento de mostrarnos su nueva exhibición de atrocidades...

Naif, parco e hipnótico, Deriver´s E. nos ofrece una muestra de su peculiar narrativa.


Gráfica Hispana
Media hora de amor y un pimiento

Por entonces la monotonía estaba haciendo mella en mi estado de ánimo y sentía como si algo que durmiera dentro de mí despertara. Aquella sensación ya es una vieja conocida. Es como una alarma que me recuerda que el tiempo corre de forma inexorable o como dijo un amigo: “La muerte está tan segura de su éxito que nos da toda una vida de ventaja”. Así que suelo vivir saboreando los buenos recuerdos del pasado y buscando incansablemente nuevas aventuras. Mi última relación acabó como los amores que nunca mueren, estamos sin estar y apelamos al destino como hacen los cobardes. Ya han pasado más de dos años y parece que fue ayer tarde cuando la besé por última vez. Ahora mis recuerdos con ella han quedado encallados en la bahía de mi memoria; tan sólo un nuevo amor curará las heridas y no el tiempo.

He de decir que esta relación me vino en el mejor de los momentos, como caída del cielo, había dejado atrás con éxito una etapa difícil, este periodo fue como una prueba de fuego que duró tan sólo unos meses así que tampoco voy a ponerme dramático. Sólo voy a contar cómo se produjo ese punto de inflexión que me devolvió a la libertad. Era un día de invierno, había salido de una enfermedad y me encontraba mirándome en el espejo, en mis ojos había una tristeza desconocida, me miré los tatuajes que años atrás me hice para no olvidarme de quien era, como si se tratase de un antídoto ante un mal que estaba por llegar. Los tatuajes comienzan donde acaban las palabras así que ahí estaba lo que representaba, por lo que una situación adversa no me podía destruir, sino al contrario, tenía que crecerme ante ella, y a partir de ese momento todo cambió.

Una vez repuesto y tras una semana de reflexión me dispuse a retomar el contacto con mi gente. Una tarde fui a la casa de dos de ellos para comunicarles mi separación y lo que se suele decir en estos casos. Al rato la conversación derivó a los temas que nos unen y como casi siempre terminamos hablando de las relaciones de pareja y de lo que nos deparará el futuro, entonces una sonrisa en las caras de mis amigos me puso en alerta, ¿que estarían tramando? ¡Oye¡ ¿Estarías dispuesto el próximo verano a acompañar a mi prima y a su amiga que vienen de Australia? -Eso está hecho- contesté. Parecía que el destino me sonreía de nuevo y se lucía poniendo ante mí “un par de caramelos”.

De vuelta a casa me sentía renovado e ilusionado y enlazando vivencias pasadas, anteriormente todas mis relaciones habían sido con chicas que vivían fuera de mi ciudad y cada vez más lejanas hasta que tuve una en Inglaterra, cuando esta relación acabó, como no podía ser de otra manera, mis amigos y familiares ya bromeaban con que la próxima sería en Australia. Así que era inevitable pensar que una de estas chicas australianas podían ser la próxima, no se por qué me dejé influir, cosa rara en mí pero después de mi separación seis meses atrás, he de reconocer que me sentía algo vulnerable, dolido y como no, también responsable de aquel fracaso, (los aciertos se celebran y los errores se asumen).

En agosto llegaron, las conocí como estaba planeado y con las dos hice una buena amistad, pero fue con la amiga de su prima con la que tuve una relación muy especial. Al principio me mostré algo distante evitando sentir algo mas, ella tan sólo estaba de paso para seguidamente volver a su casa halla en las antípodas, pero con el correr de los días dejé de tener ese miedo de sentir, intimamos, nos enamoramos y cómo no, mi forma de ser prevalecería contra pronostico. A los pocos meses emprendía aquel viaje que me sugirió una frase que leí no sé donde y que escribí en mi agenda unos meses antes: “Caminante pide que tu camino sea largo, que atravieses numerosas montañas y al final en verano, felizmente arribes a bahías nunca vistas”. Y así fue en enero, hice aquel viaje que me propuse once meses atrás, Australia y en efecto, fue un camino largo, cruce numerosas montañas y efectivamente en verano felizmente arribé a la maravillosa bahía de Sydney.

Estaba claro, ya no tenía duda alguna, el destino estaba premiándome por la decisión tomada unos meses antes. En ese país tuve multitud de experiencias agradables, las mejores fueron con las personas que me acogieron en sus casas, me trataron como si nos conociésemos de toda la vida y fue muy duro para mí dejarlos para volver a casa. Y que decir de mi chica juntos pasamos un mes inolvidable. Aquellos acontecimientos me hicieron ver que seguía siendo el mismo “pardillo” de siempre, dispuesto a recorrer medio mundo detrás de una mujer. Aquella relación quedó en una amistad muy especial porque como dijo el poeta “las buenas historias de amor nunca acaban en matrimonio”.

Como dije al principio de este relato me sentía con la necesidad de emprender vuelo hacia nuevas aventuras, en mi corazón estaba mi chica, pero la vida sigue. Así que decidí optar por visitar esos locales de chicas amables, en los que me siento bien, el motivo no lo sé exactamente pero me ocurre desde el primer día que entré en uno de ellos, será porque es un lugar proscrito y a la vez aceptado por la sociedad, eso de la doble moral que tenemos los católicos que no somos tibios, ya sabes… (bueno al tema que me disperso), pues eso que decido irme a la aventura, como casi siempre solo y de la mejor manera que es cogiendo carretera y dejándome llevar por mi instinto más primario y a la vez más querido, (como bien sabes), aquello de que “semen retenido veneno guardado”. Ya en el coche, mientras escuchaba a Sinatra, recordaba los buenos ratos que había echado en estos lances años atrás, en aquellos periodos en los que el amor brillaba por su ausencia, cuando de repente me vino a la mente un lugar que siempre atrajo mi atención y que nunca llegué a visitar. Se trataba de un club de chicas asiáticas. Se veían las luces desde la carretera y decidí acercarme a echar un vistazo, efectivamente seguía allí, con las luces encendidas y yo con un alma que perder.

Hacía frío y el viento azotaba con fuerza, lo recuerdo porque tuve que subir varias escaleras hasta llegar a la puerta. Al entrar la música fue lo primero que me llamó la atención, como era de suponer la misma que en los restaurantes chinos por lo que el ambiente me era el doble de familiar, me fui hacia la barra a pedirme lo de siempre y a decirle al camarero que al zumito de piña no le pusiera hielo, era el único cliente que había allí así que toda la atención de las chicas eran hacia mí, sólo me miraban, sonreían y hablaban entre ellas.

Entre todas destacaba la que sería mi chica, tenía una sonrisa de esas con la que te condenas para la eternidad. Le sonreí, ella se acercó y mientras me daba un abrazo me dijo, “hola me llamo Tania”. Hablamos poco, su español era escaso y como la mejor manera de combatir la tentación es caer en ella, nos fuimos a la habitación, desde el primer momento saltó la chispa. Entablamos una buena relación, más allá de lo que se encuentra en estos lugares, siempre doblábamos el tiempo acordado ya que los dos lo pasábamos bien, cual de las dos medias horas eran la de pecado o la de amor, nunca lo sabré, ¿acaso importaba?

A los tres meses ella me dijo que iría a China a ver a sus padres pero que seguiríamos en contacto y así fue hasta que volvió. Antes le pedí un favor que ella aceptó, un año antes estuve a punto de tirar mi anillo de bodas por el bate del avión cuando éste sobrevolaba aquellas montañas lejanas pero menos mal que no lo hice porque se hubiese quedado en un depósito dentro de éste, además de estar prohibido el tirar objetos metálicos por él, aunque creo que no soy el primer lumbreras a quien se le ocurre tan brillante idea. Ya en Australia estuve pensando en tirarlo en un lago o en una playa, pero no quería manchar con ese recuerdo el lugar de mis vacaciones, así que se vino de vuelta conmigo a España. Cuando Tania me habló de su viaje se me ocurrió la idea que fuese ella quien se lo llevara e hiciera con él lo que quisiera, y así ocurrió. Nunca le pregunté dónde fue a parar ese objeto que un día simbolizo “hasta que la muerte nos separe”; y Tania, mi chica pekinesa, me enseñó aquello de que “nuestro amor fue del montón, pero entonces, todo el montón era nuestro”.


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foto de un pimiento verde
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