
Trágicas relaciones de trabajo, de eso se trataba, para qué llamarlo de otra manera, pero en la confusa memoria de Juanito Hortikenstein, los recuerdos adquirían un volumen distorsionado, una vinculación onírica, fragmentada y cinematográfica al mismo tiempo. Le aturdía el rezo repetitivo del rosario de nombres propos mezclados con extrañas palabrejas sin sentido. ¿Qué coño quería decir psicografismo, pretest de campaña o níveles de significación gráfica en un manual de normas?
Ahora mismo, mientras arrastra a duras penas los pies por las zanjas abiertas en el campo, seco, agrietado, recuerda entre otros muchos nombres a Eloisa Durango...

El cadáver de Eloisa Durango fue encontrado a primeras horas de la mañana, tirada en el suelo, con un vestido negro estampado con bordados orientales representando un monstruo en un panatano, montones de libros deshojados y esparcidos por toda la habitación, y cientos de bolas de papel estrujado. La habitación recordaba un playground para universitarios inmaduros, donde las pelotas de colores habían sido sustituidas por las hojas de los libros apretadas con ansiedad entre las manos hasta darle una forma esférica.
Aquella noche había caido una granizada silenciosa sobre el salón y la cabeza de Eloisa. Tal vez ella reaccionó como los pueblos biblicos ante el maná que caía del cielo, mirando hacia arriba y abriendo las mandíbulas. Seguramente esa era la explicación de que ella muriese asfixiada por un número insano de bolas en su boca , garganta, pulmones e incluso me atrevería a decir en su respingón y hermoso culo. Tan culta como era y desconocía que hay lluvias de las que hay que protegerse por una cuestión de supervivencia. O tal vez no tenía nada para cenar y decidió prepararse un plato de albóndigas de papel, y al ser un plato tan poco habitual calculó mal el grado de disolución y les atascarón el hueco de su delicada garganta. O tal vez confundió su tratamiento físico con el intelectual, y en vez de pastillas se tomó una sobredosis de letras con forma de canica. O tal vez decidió hacer una fiesta y se puso como loca a inflar globos, y al no tener globos —ella nunca celebraba nada— se desesperó soplando las páginas arrancadas, y como aquello no funcionaba, a lo mejor se desconcertó y confundió lo de "hacia fuera" con lo de "hacia dentro". O tal vez sólo quiso quitarse la vida, y una vez tomada la decisión, las formas era una cuestión menor.
Al poco tiempo se supo que todos los libros deshojados tenían algo en común, habían sido diseñados por Juanito Hortikestein. El mismo que cuidaba con esmero todo el proceso de diseño editorial, consciente de que era el intermediario invisible entre alguien que quiere contar algo y alguien que desea que se lo cuenten. Que escogía con buen criterio un ojo tipográfico y partiendo de la altura de la x, era capaz de construir una retícula sobre la que se asentar los elementos. Durante horas determinaba el gris de la página y su contraste sobre el blanco opio del fondo, dialogaba con los márgenes y la justa partición de palabras. Pobre Juanito Hortikestein, ¿quién iba a predecir el uso que harían de su trabajo?.
Cuando se enteró —dicen y yo me lo creo— estuvo un año entero alimentándose de sandwich mixto, perfectamente cuadrados y alejado de la homicida forma esférica.
Así estuvo hasta que conoció a J.J. Circle.
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¿Quién es Juanito Hortikenstein?
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